Libertad: naturaleza y elección

¿Cuándo, en qué momentos de la existencia, nos percatamos de que somos seres libres? ¿Quizás cuando más carecemos de libertad o cuando nos sentimos incapaces de experimentarla o ejercerla? ¿Quizás cuando hacemos algo que realmente está en consonancia con lo que sentimos y pensamos? ¿Es, la libertad, un autoengaño o la constatación de una capacidad netamente humana?

El filósofo Ramón Xirau, nos comenta que para Erich Fromm “Ser libre es decidir constantemente entre alternativas reales, lo cual requiere esfuerzo y decisión”. Para Fromm, pues, el anclaje está en el tema de la decisión, es decir de la toma de consciencia de la capacidad de ser libre y de actuar en consecuencia ante la realidad. Además del esfuerzo que implica…

Por otro lado, Alfredo Rubio, inspirador del realismo existencial, considera que el ser humano es libre por naturaleza. A pesar, o gracias, a los condicionantes que rodeen su nacimiento y que le acompañen en su vida. 

La libertad, pues, es un continuo escuchar la propia naturaleza, explorar en ese terreno tan ignoto y a veces agreste que es el propio yo. Y desde esos parajes aprender a decidir, alzar la voz, primero, para escucharse a uno mismo. Después para actuar en consecuencia con esos resortes internos. 

Entonces, ¿con qué tiene que ver la carencia de libertad? Quizás más con el sentimiento de infelicidad. Cuando algo rechina en nuestra existencia, cuando nos paraliza, cuando no nos deja fluir, cuando nos duele o nos mueve a provocar dolor, es cuando más presos nos sentimos de las condiciones externas o internas que se nos presentan.

Este dolor es la mejor señal. Primero porque nos delata que estamos vivos y percibimos, por tanto, que aún podemos hacer algo. Y luego nos está interpelando para que nos movamos, para que cambiemos de posición ante aquello que nos afecta. 

Como seres vivos en continuo crecimiento, tendemos a transitar por equilibrios y desequilibrios. Pensemos en la imagen del árbol, que va extendiendo sus ramas buscando las mejores condiciones de luz. Que va contorsionándose para desafiar la gravedad y no caer por el peso de las ramas que crecen en 360º. Y, también, porque hay factores como el viento, la orientación solar, otros árboles… que intervienen en la  arquitectura del árbol. Y, por si fuera poco, influye aquello que no vemos: la raíz. Las raíces que tienen su propia arquitectura bajo la tierra y que son el anclaje del árbol y van sorteando mil escollos buscando agua y alimento. Está, por último, la propia naturaleza de esa especie de árbol, que le hace más propio para un clima que para otro.

Hemos visto en un párrafo, brevemente, que los seres vivos vamos sorteando desequilibrios para avanzar en la existencia. En los seres humanos, está tendencia natural nos va empujando consciente, y muchas veces inconscientemente, a tomar decisiones para adaptarnos al momento, para no caer, para continuar siendo. Cuanto más conscientes somos de nuestra libertad (y de nuestros límites) y mejor trabajada la tenemos, más capaces somos de encontrar nuevos equilibrios en la vida.

Hace un tiempo vi una obra de teatro, Els nens desagraïts (Los niños desagradecidos) de Llàtzer Garcia, que hablaba entre otras cosas del poder de las sectas. Esta pieza me hizo reflexionar hondamente en que todo aquello que nos aleja de ser libres también nos aleja de ser felices y, en el sentido más radical, nos aleja de ser quienes somos. 

Podríamos parafrasear a Shakespeare con su famoso “To be or no to be…”. Ser o no ser: he ahí la elección. No se puede dejar de ser. Lo que se puede, y no se puede, es ser en coherencia. 

Resumiendo, a la libertad van unidas la felicidad y la coherencia. No obstante ser una capacidad innata del ser humano, la libertad se va forjando entre los equilibrios de la vida. Es personal e intransferible, aunque también la libertad es una construcción social. Aquello de que mi libertad comienza donde acaba la tuya es poco realista y más bien egocentrista. Mi libertad comienza y crece junto con la tuya y puede verse coartada si tu libertad es coartada.

Ahora sí concluyo esta breve reflexión. Ser o no ser: cuestión de libertad.

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