Madre e hijo

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: he ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”. Así es narrado en el Evangelio de Juan, las últimas palabras que Jesús dirige a su madre.

Jesús, como en otras ocasiones, pone de relieve que el parentesco principal no es el de la sangre, sino el del Amor. María, por esta causa, es madre de Juan también. Y seguramente este amor maternal acompañará al discípulo amado hasta el último de sus días. Este “arquetipo” de relaciones familiares es una de las grandes enseñanzas de Jesús para la humanidad. Todas y todos somos familiares por el hecho de existir, esto nos iguala y nos acerca.

Siglos después, en 1531 en la actual Ciudad de México, María se hace presente a otro Juan, el azteca bautizado como Juan Diego. En uno de los diálogos que se conservan de aquellos encuentros en el cerro del Tepeyac, María le dice: “¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?”

Esta maternidad que Jesús puso de relieve siglos atrás, trasciende el tiempo y el espacio, hasta llegar a Juan Diego y, en él, al pueblo al que pertenecía. Es una maternidad universal que se materializa en el amor al otro. María utiliza el verbo “estar”, el cual denota proximidad, presencia. No sólo es madre, sino que “está” madre, cercana a lo que le pase a su hijo. Y se ofrece sombra y resguardo, es decir, una presencia activa que acompaña. Que también invita al otro a aproximarse para sentirse cobijado “en el hueco de su manto”.

Más allá de la narración milagrosa, lo que continúa trascendiendo en el tiempo y el espacio como reverberación del momento al pie de la Cruz, es la relación materno-filial no consanguínea. Y esta es la propuesta de Jesús: todas y todos somos a la vez madres e hijas/hijos de todos. La madre crea y conserva, es decir: da la vida y vela porque esta continúe hasta que sea autónoma. Y el hijo o la hija recibe esta vida y aprende a vivirla hasta ser autónomo y capaz de dar vida también.

Hay una relación de interdependencia que genera y protege la vida. Vida que se traduce en relaciones de amor, armónicas, justas, que se enriquecen mutuamente y son fecundas a su alrededor. ¡Alegran!

¿No estás en el cruce de mis brazos?, le dice María a Juan Diego. Esta imagen nos vuelve a trasladar a los pies de la Cruz. Jesús con los brazos abiertos y a sus pies María y el apóstol a quien tanto quiere. Siglos después, en otro monte y ya no en una Cruz, María cruza sus brazos para formar con ellos un cuenco donde Juan Diego –y en él cualquier persona– pueda depositar su humanidad. Abrazo de madre e hijo: abrazo de dos personas que, sin importar sus diferencias, se asemejan al estrecharse.

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