El silencio no es un monólogo

El claustro es ese espacio físico y simbólico que es a la vez continente y contenido. Para explicar este sentido tomaré prestada una palabra del catalán que es claus. La palabra claus se traduce como “llaves”. Y las llaves sirven para cerrar y para abrir un espacio y lo que él contiene. Por ejemplo, una habitación, un coche, una caja. Pero también las llaves son las claves o las contraseñas con las que abrimos y cerramos un espacio digital, por ejemplo, una cuenta de correo electrónico o una cuenta de banco on-line. Clau, clave, llave, contraseña, password… todas estas palabras hacen referencia a lo mismo. 

Pues si alargamos un poco la palabra claus, tenemos la palabra “claustro”. Un claustro es un espacio aparentemente cerrado, al cual accedían sólo las comunidades que vivían en él y estaba vetado a toda persona ajena a ese grupo humano. 

Para quienes vivían en el claustro, estar ahí no era una huida del mundo, un encerrarse. Al contrario, para ellos, cerrar la puerta del claustro tenía el sentido de encerrar afuera al mundo, porque ellos entraban para liberarse de su vida anterior y “abrirse” a la trascendencia. Es así como el claustro, al igual que las llaves, sirve para cerrar y para abrir a la vez. 

Este abrirse, para los monjes, tenía una doble vía, la de la soledad y el silencio más personal y la de la vida comunitaria. Cuando estaban cada uno solo en su celda se sabían parte de un grupo, el cual les daba continencia. Y, a la vez, cuando compartían ciertos momentos del día en los espacios y tiempos comunes, no se olvidaban de que seguían siendo ermitaños. Es decir, una cosa no anulaba la otra, sino que la llevaba a plenitud.

Hay otros claustros que no son arquitectónicos y que sirven para gestar o gestionar vida. Como es el claustro materno o el vientre. Aquí evolucionan las primeras células que darán forma y vida a un nuevo ser. O el claustro de profesores, donde se ponen en común las cuestiones importantes de la educación de una escuela. Son espacios y experiencias que se cierran sobre sí para, a su vez, abrirse a la vida.

Partiendo de esta imagen del claustro podemos comprender mejor el germen comunicativo del silencio. Asociamos el hecho de estar en silencio y en soledad a la acción de encerrarnos en un espacio físico. Y está bien, porque una habitación es un buen continente para no dispersarnos o para brindarnos las condiciones físicas de quietud, sosiego, ausencia de ruidos y de distractores externos.

Pensemos, por ejemplo, en un vaso, este sirve para contener el agua. Ese vaso nos ayuda a beber con más facilidad el agua. Sin él mucha se nos escapará de las manos. Un lugar amable y preparado para el silencio y la soledad, nos ayudará a saborear mejor esta experiencia y, si se da el caso, puede contener las emociones cuando estas se desbordan y servir de dique donde se vuelvan a aposentar.

Pero, al igual que esos monjes y monjas cuando entran a sus celdas no pierden la dimensión comunitaria, nosotras y nosotros, cuando estamos solos, siempre estamos acompañados. Nos acompaña nuestra sensorialidad, es decir, la información que nos llega a través de nuestros sentidos. Nos acompaña nuestra biografía, toda nuestra vida y la de la cultura que nos ha posibilitado existir. Nos acompañan nuestros pensamientos y emociones. Todo lo que somos está ahí y, de alguna manera, las personas que nos conforman también lo están. 

Y, para las personas que creen en la trascendencia, en lo sobrenatural, sea cual fuere su fe, hay un Ser con mayúscula que también nos acompaña. 

Ni cuando estamos solos, en realidad lo estamos. Entonces, ¿qué sentido tiene el “aislarnos”? Tiene mucho sentido si concebimos el silencio, no como ausencia de sonido, sino como una capacidad de escucha. El silencio no como una boca que se cierra, sino como un corazón que se abre. 

La comunicación real se da sólo si los seres que se comunican abren sus canales para que los pensamientos, los sentimientos, las experiencias se conviertan en una vivencia en común, compartida. Y para que se dé esta apertura, este saber estar con los demás, es necesario saber estar con uno mismo. Aprender a escucharse, no tener miedo a la soledad, saber aburrirse y desde una aparente pasividad observar las maneras en que la vida nos habla.

El silencio no es un fin en sí, sino un medio o un estado del ser que nos mueve a salir de nosotros mismos. Partiendo de esta premisa, todo silencio es comunicativo. El silencio comunica a la persona que lo practica con su realidad y dicha persona se abre a escuchar lo que la realidad le transmite.

No voy a hacer silencio porque sí, como si fuera una meta que alcanzar. El silencio es más una manera de estar, de relacionarme, que implica disponibilidad, renuncia a querer controlar la situación. En estado de silencio confluyen el estar y el ser. Se está en silencio, que es como una cuestión más física. Es decir, vamos reduciendo los estímulos externos y vamos centrándonos en nuestros sentidos y nuestra respiración, para ir recogiéndonos. Pero también se es en silencio, lo cual implica que me permito ser quien soy en ese ámbito recogido de libertad.

Estar en silencio y ser en silencio me ayudan a redimensionar mi existencia y la de todo lo que me rodea, lo cual hace parte de mis circunstancias. Cuando estamos en una habitación a oscuras y de pronto encendemos la luz, descubrimos las cosas que hay en ella y también podemos vernos a nosotros mismos. Todo esto ya estaba antes, a oscuras, sólo que no lo podíamos ver. La luz no transforma la realidad, transforma nuestra mirada sobre la realidad.

Más o menos es así como actúan la soledad y el silencio en nuestra vida. La iluminan para que podamos captar su profundidad, la perspectiva de los acontecimientos que vivimos, las relaciones de las personas que nos conforman…

Cuando nos disponemos en soledad y silencio, nos pensamos que entramos en un monólogo donde hablamos con nosotros mismos. En realidad, más que un monólogo, establecemos diálogos imaginarios y controlados por nosotros con las personas y las situaciones que forman parte de nuestra vida. Este control sobre la situación después lo queremos trasladar a las relaciones reales y resulta que las cosas no son como las imaginamos o planeamos y surge le frustración o los malos entendidos en la comunicación. 

Si nos percatamos bien, esta frustración nace de que, incluso estando en “silencio” (entre comillas), no escuchamos la realidad. No nos escuchamos ni a nosotros mismos y trasladamos esta sordera a las relaciones. Normalmente nos gusta tener la razón y es frustrante equivocarse o aceptar los propios límites. Pero la práctica del silencio y la soledad tarde o temprano nos ayudan redimensionar la vida y ver que nuestra parte de verdad es complementaria con la de los demás. Y no sólo complementaria, sino necesaria. 

Igualmente pasa con la libertad. Mi libertad, limitada como todo mi ser, es complementaria con la limitada libertad de las demás personas y esto las hace interdependientes y necesarias para construir una libertad que redunde en felicidad compartida.

Conforme vamos avanzando en la vivencia del silencio, nos vamos descalzando de todo aquello que nos aleja del suelo, es decir de la realidad. Y esta descalcez se traslada también a las relaciones personales y a nuestra relación con la creación, con la naturaleza. De tal forma que podemos percibirnos como parte de esa creación, en plano de igualdad con todo lo existente. Así se establece una comunicación más de tipo ontológica que nace, precisamente, del silencio. En estado de silencio es más fácil dialogar con la realidad.

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