Jesús nos da claves

Hay un pasaje del evangelio de Mateo (Mt 15,29-37) donde vemos cómo Jesús se encuentra a la orilla del lago y después sube a la montaña, estando allá hace muchas curaciones y termina, después de compartir tres días, con un gran ágape. Este pasaje me sugiere que Jesús constantemente nos está aportando claves para vivir en sintonía con Dios y con la realidad.

Sabemos que los evangelios son re-elaboraciones de momentos de gran intensidad vividos por las y los seguidores de Jesús y que después fueron recogiéndose para poder transmitirse sin que perdieran su esencia. Estas re-elaboraciones fueron escritas a la luz de la Resurrección e incorporan también características de los grupos donde fueron recogidas y hacia quienes se dirigían sus enseñanzas.

Pues en el pasaje evangélico al que me refiero hay muchas claves, por ejemplo, vemos cómo Jesús traza un itinerario físico o geográfico que nos invita a desplazarnos existencialmente. Primeramente se sitúa a la orilla del lago y después en lo alto de la montaña. El lago, en la época y cultura de Jesús, simbolizaba lugar de caos, de peligro, pero precisamente también fue el lugar donde Él hizo las llamadas vocacionales de sus primeros seguidores, como Andrés y Pedro. De allí vemos cómo Jesús sube a la montaña, lugar emblemático de encuentro con Dios. Y una vez en lo alto, se sienta, nos dice el evangelio.

Hay, pues, una especie de itinerario trazado desde la orilla del lago, el esfuerzo de subir a la montaña y después sentarse. Itinerario que invita a salir del caos, de la riada, para ir después al encuentro personal y comunitario con Dios y, desde ahí, compartir los dones recibidos. Sentarse es asentar cátedra, disponerse a enseñar. En Jesús se traduce en compartir el camino que lleva al Padre.

Y vemos cómo allá sentado le llevan personas ciegas, mudas, cojas y con todo tipo de enfermedades. Jesús les cura de aquello que les hace sufrir. Podríamos suponer que estas personas han hecho también su itinerario para llegar donde está Él. Salir del caos de su vida, querer ir al encuentro, hacer el esfuerzo de subir o de ser subidos por otros…

Pero, una vez llegados a este Pentecostés –porque seguro que sintieron una fuerte presencia del Espíritu de Dios ante tantas curaciones corporales i espirituales–, Jesús se conmueve y piensa que no pueden marchar sin comer algo juntas y juntos. Han de volver a casa alimentados, no sea que “desfallezcan en el camino”.

Aquí se manifiesta un símbolo del alimento que representa la eucaristía comunitaria. Volver alimentados a casa por la palabra y el cuerpo de Jesús. En este punto surgen otras claves, como son el número tres. Dice Jesús que hace tres días que están con Él “sin moverse”. A ver si estos tres días simbólicos, sin moverse, son como los que preceden a la resurrección.

Y entonces nos encontramos también con siete panes y algunos peces. ¿Por qué dar el detalle de los siete panes? El siete es, para el universo simbólico judío, un número de plenitud, asociado a la creación y a las bendiciones, representa un ciclo perfecto. Igual que al llegar a la montaña Jesús se sienta para enseñar y curar, ahora, antes de marchar hace sentar a todos y todas para que se multipliquen las bendiciones de todo lo que han vivido esos tres días juntos y puedan volver a casa transformados, saciados por las palabras y las obras y compartan la Buena Nueva con más personas.

Este pasaje, con todas las claves de vida que contiene, es también una prefiguración de la Eucaristía cristiana. El gran encuentro agradecido con Dios, vivido de manera comunitaria, donde todas y todos nos sentimos tocados. En cada eucaristía cerramos un ciclo de manera armónica y volvemos a casa plenos para comenzar otro.

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