Pascua comunitaria

Los evangelios fueron escritos a la luz de la resurrección de Jesús, para que las nuevas generaciones de cristianas y cristianos vivieran la experiencia pascual. El tránsito de la muerte a la vida siguiendo los pasos de Jesús. No son propiamente una biografía. Lo da a entender el final del evangelio de Juan cuando dice que si se hubiera de escribir todo lo que hizo y dijo Jesús harían falta muchos libros. Todo lo que se ha escrito sobre Jesús y las primeras comunidades que posteriormente fueron llamadas cristianas, son textos que se han de leer desde la fe, es decir, desde un marco simbólico y con una finalidad de trascendencia. No podemos quedarnos con una lectura literal de lo que se expone. 

Siguiendo esta línea, en el capítulo 11 del evangelio según San Juan, se narra la resurrección de Lázaro. Entre los versículos 17 y 27 podemos encontrar un diálogo muy hondo y directo de Marta con Jesús. En él contemplamos cómo se desarrolla un Credo por parte de Marta, una confesión de fe. Antes de la muerte de su hermano, por el cual Jesús también lloró, Marta creía en la resurrección de una manera digamos doctrinal, teórica. Aquel encuentro con Jesús que viene a dolerse de la muerte de su amigo, le hace comprender que la resurrección no es una cosa del “último día”, sino una realidad presente que tiene que ver con la vida. Con la vida en Dios.

Para resucitar, antes hay que morir. Era necesario que Lázaro muriese con tal de que viera la nueva Luz. Pero Lázaro no era él solo, era la comunidad de Lázaro, María y Marta. La comunidad de Betania con todas las personas que seguían a Jesús al lado de los tres hermanos. Esta comunidad hizo el paso de la muerte a la vida antes de la Pasión de Jesús. Posiblemente esta pascua comunitaria fue como un preludio de la Pascua de Jesús, donde también hubo dolor, pero después reencuentro y alegría.

La muerte de Lázaro, el discípulo amado, es motivo de esperanza y de confianza, no tanto en la resurrección del último día, sino en la resurrección de Jesús que ilumina la vida de las personas y los grupos humanos que lo seguimos. Haciendo una lectura trascendente, ¡cuántas ocasiones las comunidades y los grupos no pasamos por momentos en que nuestra fe está en agonía! Incluso, vivimos en esa espera de un futuro mejor que nos saque de la situación actual. Jesús viene a decirnos que la resurrección se arraiga en el presente: “Yo soy la resurrección y la vida”. No nos dice: yo seré la resurrección. Nos habla en presente. 

En cada momento, tanto personal como grupal, podemos contemplar la realidad desde la luz de la resurrección, por más difícil que sea. En el grito y en el silencio de la cruz, ya habían trazas de resurrección. En el vacío del sepulcro quedó la huella de la resurrección. Pero, sobre todo, en el encuentro con las hermanas y hermanos –esa Galilea siempre presente– es donde podemos vivir palpablemente la presencia viva de Dios.

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