Nacemos y morimos por y para los demás

Hace unas semanas mi padre emprendió su pascua, dio el paso a estar en la Vida de otra manera. Desde allí o, mejor dicho, desde aquí le percibo. 

Una de las primeras sensaciones que tuve fue la de que ahora mi padre lo sabe todo sobre mí, le soy transparente. No fue un sentimiento de invasión de la intimidad, sino una liberación, un ir más allá en nuestra relación que ahora nos concedía la naturaleza. 

Esa aparente distancia, esa ausencia material, ha despertado la proximidad. El trascender de mi padre me ha regalado su cercanía. Cuando a nadie puedo abrazar, a él sí que puedo abrazarlo. Y es un abrazo que se prolonga en un presente continuo. 

En su nueva manera de seguir andando, nos lleva consigo. Dicen que nacemos y morimos solos. Es una frase que a fin de cuentas devela individualismo. Nacemos por y para los otros, no somos fruto de la generación espontánea. Y cuando morimos, cuando hacemos el paso, cuando trascendemos, también lo hacemos por y para otros. 

La humanidad somos un organismo toda ella, cada ser singular somos una partícula que la encarnamos de forma única, pero que no nos desprendemos de ella, permanecemos unidos a distintos niveles. Es una realidad fractal. El todo está en la parte y la parte siempre es el todo.

Los recuerdos se hacen presente como hitos que marcan momentos significativos vividos con él. Algo así como nudos de una red que sostiene. Al volver a evocar esos momentos evidencian que todos los hilos están conectados. Dibujan que las biografías son compartidas. 

Nacemos por y para otros, sobre todo cuando se trata de seres que nos son esenciales, como una madre, un padre o los propios hermanos y hermanas. Sin ellos no hubiéramos comenzado a ser. Pero el nacimiento, así lo siento, no concluye el día en que eres parido. No, ahí se comienza a nacer, se irrumpe en la vida.

Seguimos naciendo en otras circunstancias nodales de nuestra existencia. Cuando descubrimos aspectos esenciales de la vida, cuando entramos en contacto con personas que se vuelven próximas, cuando nos sabemos falibles y frágiles, cuando gozamos y sufrimos, cuando contemplamos.

El nacer y el morir son intrínsecos y nos acompañan siempre. Nos son.

Sí, somos seres que existimos gracias a los límites que nos contienen. Somos en el límite. Por eso es que somos vida y muerte simultáneamente. Comienzo y fin. Cuando dejamos de ser conscientes de ello, nos alejamos de ser lo que nuestra naturaleza nos llama a ser. Y eso nos aleja también de nuestro propio núcleo de felicidad.

Papá, gracias por seguir estando. ¡Esto da felicidad!

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